Júzgame

Echarle la culpa al hielo, sin entender que el fuego derrite

Multiplicar los puntos a los que mirarte

Una ola furiosa que embiste

Ácida

Sobre la escarcha

“No sabes nada de mí, sólo has leído el título”

Cenizas que se lleva el viento

Fotografía velada

Recuerdos a los que se les niega un pasado

Glóbulo rojo que bailas, sobre la punta de una aguja

Manteniendo el equilibrio…

“Esa opinión, que te ciega”

Un espejismo

Papel mojado

Pareidolia

Superstición emocional

“El modo en que me deformas”

Con hipótesis

Observaciones

Conjeturas

Egocentrismo

“El miedo que te aleja, mientras que lo cargas a la espalda”

Mal sueño

Insomnio

Realidad paralela

Aumentada

“El punto más alejado del Universo, bajo tu lupa”

Todo aquello que no sabes…

“Me congela sobre la aguja”

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Secretos

“Sólo es otro día raro, empachado de palabras”.

Me dije, insistiendo en que no volvería a abrir los ojos…

Y así fue.

Coloqué trampas para lobos en mi mente;

Sonó un chasquido, y rugió la bestia.

“¡He cazado una buena frase, incluso ha intentado morderme!”.

Me pasé tanto tiempo hablando solo,

Que al final no me apetecía hablar con nadie.

“Deberías dormir, esto no es sano, son demasiadas horas”.

Sonó un nuevo chasquido, seguido de un feroz rugido;

Lo describí con palabras, lo mejor que pude.

Pero seguía sonando raro.

Y se pasó el día, y la noche;

Secuestrando párrafos, raptando cada instante.

Los brazos cansados, de no hacer nada…

Las piernas, entumecidas…

Los ojos rojos, inyectados en sangre.

Esta frase no encaja, quizá si… ¡Joder!

“Sólo es otro día raro… se ha alargado demasiado”

Al comprobar las trampas, caí en la cuenta;

Las ovejas también se disfrazan de lobo.

Las palabras vuelan…

El castillo sobrevive al asedio…

Y la noche llega a su fin.

Inmerso en mis mentiras…

Y las de mis actores.

Nadando entre secretos.

Historias, personajes, emociones…

Tragedia, comedia… Hilarante, ¿verdad?

“¿Quién habla?”.

Estoy solo aquí, dentro de mi cabeza.

El sueño se me lleva, justo cuando todos despiertan.

“Mañana no abriré los ojos en todo el día”.

Se apagan las velas;

Suena esa canción extraña… para sordos…

Que me empacha de palabras…

“Sólo es otro día raro… juntando secretos”.

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¡Qué puta eres!

Querida sensibilidad,

Te odio; no puedo evitarlo, siempre lo haré.

Conviertes a mis amigos en enemigos.

Te enamoras, y me arrastras;

en ocasiones a trampas anunciadas.

Hechizas palabras, y las transformas a tu antojo;

En ofensas

Puñales

Insinuaciones

Promesas

Te equivocas, dejándote guiar por las emociones.

Tropiezas, te levantas, y vuelves a caer…

¡Siempre de morros!

Te odio porque me haces sentir, y no lo soporto; no lo quiero.

Detesto tus condiciones, tus canciones, tus cosquillas y todas esas ilusiones.

No entiendo este silencio tuyo, y en el fondo extraño cuando todavía creía en ti.

No te comprendo, ni tú a mí tampoco; pero somos inseparables, y eso me jode.

¿Te acuerdas cómo era todo antes del miedo?

Antes del segundo eterno en el que se derritió la confianza;

nos dejábamos llevar, y siempre había un pañuelo en el hombro, lleno de mocos.

En el fondo, muy en el fondo, sabíamos que era por algo… y ahora, nada.

Tu silencio…

El mío…

Las cosquillas, y todas esas sonrisas.

Las miradas que recordamos, y por las que nos susurramos sueños.

¡No te soporto!

¡No te quiero cerca!

Explícame la diferencia entre el deseo y el amor, si es que la entiendes…

¿Y entre el amor y la obsesión, puedes hacerlo?

¡Eres estúpida!

Ya no soy un niño, déjame en paz.

Deja de recordarme cómo éramos antes del vértigo, y del temor.

Antes de que al atrapasueños se le revolvieran las tripas…

y se pusiera a vomitar pesadillas.

Eres la furia de mis entrañas.

La luz; y yo la polilla.

Eres el grito mudo de todos los instantes en los que creí morir de amor…

…o de tristeza.

Quizá de soledad, como ahora mismo.

Eres esa maldita sensación que me recorre el alma…

Una debilidad de mierda.

Eres quien da importancia a las palabras, a los actos y decisiones de los demás.

La espada que corta, y el viento que hiela; el fuego que arde, y me quema.

Te odio, porque me haces sentir.

Me haces esperar…

Me guías hacia el deseo, y me animas a dar piruetas.

Me arrastras hacia el anhelo y la nostalgia…

y les nutres de importancia.

Te odio porque hace tiempo que no me hablas mirándome a los ojos.

Te odio porque yo he cerrado los míos; y ahora está oscuro.

Frío…

Y silencioso.

 

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El peso de la gravedad

“Hasta el fin de los días habría sido demasiado tiempo, se nos habrían acabado los rincones en los que besarnos, los espacios en blanco en los que escribirnos cartas de amor con la mirada; esos centímetros de piel inexplorados, en los que plantar una caricia. Se nos habrían acabado las horas, los minutos, y todos esos segundos mudos que se evaporan; nos habríamos acabado juntos, y jamás me lo perdonaría”.

Cuando leí su nota supe que jamás volvería a verla.

Suspiré con resignación, inundado de cierta alegría.

¿Qué más podría haber hecho?

Mi zona de confort me había abandonado para siempre, y aún con todo lo que ello suponía me sentí libre por primera vez en toda mi vida.

Ni siquiera se llevó sus cosas, se largó con lo puesto, lejos de mi mundo.

Lejos de mí.

El miedo es así; llega solo y se va sin nada, para siempre.

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Podría

“¡Cómo quisiera…!”, se dijo mil millones de veces.

– ¡No lo entiendo! ¿Cómo eres capaz de sentir tanto y negarte a ello de este modo? – la pregunta gozaba de un sentido añadido, teniendo en cuenta las circunstancias de su intenso agotamiento vital.

– Es fácil, soy emocionalmente frágil y me he pasado más tiempo de mi vida roto que entero; quizá no sea la mejor versión de mí mismo, pero es la que necesito para saber llevarlo.

– Eso es muy triste… ¿No crees?

– Lo verdaderamente triste es que todo esto de alrededor no merezca la mejor versión de las personas.

“¡Cómo quisiera…!”, volvió a repetirse.

Y así mil millones de veces.

Y quiso tantísimo; quiso todo el rato.

Quisiera, quisiera y quisiera.

Quiso a todas horas, sin que le diera tiempo a poder, o hacer.

Porque querer no es poder, sino hacer; y sentir no sirve de nada en un mundo que no está receptivo.

02

Mírame

“Me transformo; siento que puedo volar”.

En diciembre me confesó que extrañaba los meses de calor.

La luna llena.

El agua salada.

El asfalto de tierra y cristales sobre el que las mareas deambulan perdidas, a la espera, dibujando recuerdos en la orilla.

“Mírame, me levanto; siento que me transformo”.

Había sido uno de esos trayectos cortos, que se acaban haciendo largos.

“Igual que la vida, que se consume”.

El tiempo, que jamás se detiene por nadie, y que cuando pasa parece que fue ayer; que se esfuma, como si un único instante fuera el responsable de toda esa distancia que separa al principio del fin.

Un relámpago.

Un epílogo en forma de trueno.

“Lo siento dentro, en el centro de las cosas”.

En ese lugar extraño en el que las emociones se aferran a lo imposible, y se convierten en una droga.

“Mírame, estoy volando; planeo entre la furia de las tempestades”.

“Planeo entre los vientos huracanados de esto que sentimos”.

“Esto a lo que nos negamos”.

Que se entrega a la locura.

Que (no) se consume.

En un instante; un relámpago.

El estruendo que sigue…

Aferrado a lo imposible, en el centro de las cosas.

Transformado.

Mientras que vuela, esquivando los reveses del viento.

“¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo real?”

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Jódete lejos

No parecía haber nadie al otro lado de la línea.

Dejó de escuchar su respiración.

“¿Se habrá ido para siempre?”

Abrazado a la tensión, apretó el auricular contra su oreja;

“Si tan segura estás de que soy así, ¿por qué no desapareces de una puta vez?”.

Volvió esa respiración incriminatoria.

Ella seguía al otro lado, de algún modo, desenterrando la raíz de la culpa, convenciéndose a sí misma de que toda ella era ajena.

“En serio, desaparece; no vuelvas a dar señales de vida de ningún tipo, por favor”.

Un pitido intermitente sustituyó el silbido de su aliento.

La había querido como se quiere a una adicción; con sangre, sudor y lágrimas.

Se había drogado de ella.

Habría muerto por ella.

Pero, tras un breve drama monstruoso, la había enterrado entre las páginas de su Biblia Negra personal.

Su desierto.

El sol, la arena, y el frío nocturno.

En ese lugar extraño en el que reina lo pagano, ella se paseaba entre las criaturas de su abismo, al acecho; él, al fondo, tras toda esa oscuridad, descubrió un punto de luz.

“Mi locura está ahí fuera, esperándome”.

Apartó el telón.

Saltó del escenario.

Y se drogó de ella.

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Pareidolia

La batalla había comenzado; no se dio cuenta hasta que el enemigo llamó a la puerta, y al abrir, se encontró consigo misma.

Un espejismo cosido a los ojos, que lo oscurecía todo. Como echarse una cortina sobre sí, y palpar las palabras, en busca de la verdad.

Apretó el botón de la cámara, y se apresuró a buscar la instantánea en su memoria; al encontrarse a sí misma, un escalofrío le atravesó las entrañas.

Su pelo.

Sus ojos.

Sus labios.

Sus mofletes.

Se echaba de menos, era como una versión absurda de sí misma.

Como si un pintor cubista la hubiera retratado.

Volvió a intentarlo, y nada; en la pantalla de la cámara seguía aquella abominación.

Aquella reducción de sí misma.

Un asterisco sobre su persona, anclado al recuerdo de otro tiempo, en el que verse al espejo no suponía tristeza.

La autoestima puede convertirse en una loba hambrienta ansiosa por verte caer, para hincar el diente a tus restos. Quizá eran sus ojos los que deformaban la realidad, drogados por la imaginación.

“¡La imaginación es más puta que cualquier realidad!”.

Y tras apretar de nuevo el gatillo, y descubrirse a sí misma en una nueva instantánea, lloró de impotencia.

Su nariz.

Sus dientes.

Sus orejas.

La línea curva de su sonrisa… y de su tristeza.

Algo iba mal.

Algo había cambiado.

Pronto descubriría el qué…

No era el ángulo, ni el diafragma, ni tampoco la temperatura de color.

Ojos ajenos habían formulado dolorosos juicios.

Un virus.

En el epílogo de su historia, una última reflexión, la definitiva, examinaría lo ocurrido;

“Todos te verán desde fuera como tú te veas desde dentro”.

Y la imaginación consiguió centrarse.

Esa loba hambrienta se quedó con hambre.

La nariz, el pelo, los ojos, los labios… Todo volvió a su lugar.

Y muchos ojos despiadados miraron hacia otro lado…

 

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